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Lunes 26 de diciembre de 2011
Audi Urban Future Awards

Audi y la ciudad del futuro

audifuturo

Seis renombrados estudios de arquitectura de todo el mundo fueron convocados por Audi para pensar la movilidad urbana en un futuro no tan lejano. Resultados más cercanos a la ciencia ficción que a la realidad posible, pero que dan cuenta el poder de la creatividad cuando no hay límites al pensamiento.

Por Federico Kukso

 

Pensar en ciudades, metrópolis y demás enjambres urbanos implica siempre un choque. Siempre: no importa mucho donde uno esté, tirado boca arriba en una playa, en un bote en el medio de un río o perdido, transpirado y sediento en el desierto más seco del planeta, pronunciar o evocar siquiera la palabra “ciudad” provoca una sacudida. De repente, ideas, conceptos, incomodidades nos golpean mentalmente y nos derriban: ruido, tránsito, bocinas, gritos, humo, poco espacio, basura, caos y demás lugares comunes urbanos que con los años hemos naturalizado nos invaden y conquistan. Acorralados, alzamos nuestras defensas, apretamos la mandíbula, nos preparamos para el impacto. Pero es tarde. Sin darnos cuenta, fuimos arrollados no por la ciudad misma sino, peor, por el estado mental que, con el tiempo, estos microcosmos artificiales han gestado dentro y fuera de nosotros.

Resignados, aceptamos a estos monstruos de cemento. Ya no enfrentamos a las muchedumbres incesantes que hormiguean junto a nosotros. Fluimos con ellas, nos dejamos llevar sin discutir las órdenes del piloto automático que llevamos dentro. Esquivamos autos como si fueran bisontes o manadas de caballos disparados en una estampida. El pavimento es nuestro pasto. Los edificios colosales son nuestras montañas. La ciudad es nuestra nueva naturaleza.

A ese punto han llegado las ciudades. O, más bien, hemos llegado nosotros –ciudadanos primero, seres humanos después– que habitamos en ellas dándole forma, sentido, vida. Aún así, no las vemos. Nos despertamos y, en lugar, de imaginar una ciudad distinta, seguimos la corriente. Como zombies, saltamos de la cama, corremos al baño, prendemos la computadora, chequeamos mails, actualizamos perfiles en Facebook y Twitter, nos introducimos en nuestra segunda piel –los trajes, los jeans, las zapatillas– e ingresamos a eso que llamamos mundo. Nos escabullimos debajo de la tierra para que una máquina-gusano llamado subte nos conduzca como topos a nuestro destino temporario. O, quizás, y depende del día, elegimos montar nuestros caballos metálicos, nuestros autos, para esquivar obstáculos, una y otra vez en una especie de juego de la mancha invertido.

¿Y si imaginásemos una ciudad distinta? ¿Cómo sería? ¿Qué habría en ella que no hay en nuestra ciudad actual? O, al revés, ¿qué le sacaríamos para volverla al menos en un monstruo menos arrollador, menos absorbente psicológicamente hablando?

Quizás sea sólo un experimento mental, un desafío personal e íntimo, cuyos límites los establecen únicamente las capacidades imaginativas de nuestro cerebro. Algo así como los llamados “Gedankenexperiment” que tanto le gustaban al físico Albert Einstein. Lo curioso es que el autor de la teoría de la relatividad (general y especial, claro está) no fue el único alemán al que le fascinaban estos desafíos alimentados por la paciencia, la creatividad y la voracidad mental.

A los ingenieros del fabricante de automóviles Audi les fascinan tanto estos ejercicios que decidieron organizar una competencia diferente en la que el principal objetivo no fue otro que dejar correr la imaginación y pensar casi desde cero una ciudad. Pero no una ciudad cualquiera sino una megaciudad en el año 2030, una fecha que parece lejana (tan futurista, tan ciencia ficción) pero en realidad es bien cercana.

URBE ET ORBI

Cambio climático, superpoblación, dificultades en la movilidad serán algunos de los factores que moldearán a las megaciudades futuras. Eso cualquier persona lo tiene en claro. Películas como Blade Runner o la más reciente Children of men lo insinuaron con sus escenarios grises y pluviales y cualquiera que cruce a diario las junglas de acero del planeta lo sabe. Será adaptarnos o morir. No hay más opciones.

Así quedó bien registrado en el “Audi Urban Future Award” en el que ingenieros, diseñadores, urbanistas y arquitectos de todo el mundo combinaron neuronas y fuerzas en una especie de visión en fuga, un ejercicio colectivo para proyectar hacia el futuro ideas, líneas de acción, caminos posibles y así empezar a darle forma al entorno o hábitat humano de dentro de no muchos años en el que, como lo fue a lo largo de todo el siglo XX y principios del siglo XXI, el automóvil será una pieza dinámica y fundamental.

Sin pensarlo dos veces, investigadores caracterizados por su entrenada imaginación jugaron a ser profetas y sorprendieron a todos con sus pronósticos a mediano plazo. Por ejemplo, la arquitecta canadiense Alison Brooks propuso achicar el tamaño de los automóviles e imaginó una “ciudad caleidoscopio” en la que cada vehículo interactúa con los edificios convirtiéndose en un espacio arquitectónico móvil. Su idea consistió no sólo en generalizar pequeños vehículos personales movidos por electricidad sino -y acá está lo novedoso- transformar estos medios de transporte en dispositivos interconectables con la casa, la oficina o los espacios públicos para convertirlos en algo así como estaciones de entretenimiento e información, controlables con dispositivos móviles como los celulares cada vez más potentes e inteligentes.

El danés Bjarke Ingels del estudio BIG (de Copenhague), en cambio, delineó un futuro en el que los autos se moverán sin conductores (como en la película Minority Report), un detalle que a la larga cambiará la dinámica del espacio urbano. Así, según Ingels, los coches podrían llegar a moverse en trayectos controlados digitalmente, en patrones tan complejos como los que describen los peces dentro de un cardumen.

El español Enric Ruiz-Geli del estudio catalán Cloud 9 se centró en el desarrollo de un “auto burbuja”, capaz de absorber la energía de varias fuentes, y una ciudad sostenible basada en el hidrógeno y no en el petróleo. Y el chino Zhang Ke, del estudio Standardarchitecture, imaginó una ciudad con movilidad interior y exterior: con un sistema de transporte automatizado en cápsulas personales, que circularían por rutas subterráneas, despejando la superficie de vehículos y reconquistando el territorio para los peatones.

MAQUINAS DE EXPERIENCIA SENSORIAL

El ganador, sin embargo, fue el equipo liderado por el arquitecto alemán Jürgen Mayer, conocido por trabajar en la sinuosa intersección entre arquitectura, comunicación y nuevas tecnologías. “La movilidad individual del futuro estará fuertemente ligada a los desarrollos de los espacios urbanos digitalmente aumentados, el manejo automático y el intercambio de información personalizada entre el cuerpo humano y su entorno. El tránsito será un flujo constante, sin más necesidad de vehículos estacionados –esbozó el cerebro del proyecto ganador del premio de 100.000 euros–. Nuevas formas de percepción surgirán de las tecnologías digitales. Ellas permitirán a cada uno de nosotros elegir o rechazar selectivamente aspectos de la ciudad. El auto se transformará desde ser una máquina visual para maniobrar en el tránsito, hacia una máquina de experiencia sensorial. Manejar en la ciudad pondrá nuestros sentidos y sensibilidades en primer plano y nos permitirá interactuar con el contexto urbano de maneras completamente nuevas”.

La ciudad ideada por Mayer -más conceptual que arquitectónicamente posible, más idea estética que idea ingenieril- se caracteriza por haber desterrado la contaminación atmosférica, visual y sonora. El automóvil, en la visión del arquitecto alemán, interconectará lo real y lo virtual, dos mundos cada vez menos separados de cuyo encuentro nacerá una nueva percepción de al realidad. Idealizada así, la ciudad futura no será entonces únicamente un lugar para vivir, trabajar y recorrer. Con la mezcla final de los átomos y los bits, en 2030 la ciudad se convertirá en una pantalla más de un videogame.

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