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Domingo 2 de noviembre de 2014
Eugenia Zicavo
Mirada femenina

Despistadas

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En presencia de un hombre, y en relación a los autos, el sentido común presupone a las mujeres como meras “acompañantes”.

“A mi los autos no me interesan”. La muletilla es conocida. Pareciera que, como en el fútbol, la cultura automovilística deja afuera a la mayoría de las mujeres.

Desde que los autos existen, sus versiones en escala pertenecieron casi con exclusividad al universo de socialización masculina: los varones que juegan a “los autitos” mientras las niñas hacen lo propio con las muñecas. Las carreras de Scalectric y sus rieles con alta probabilidad de vuelcos, al igual que los trenes con sus vías y puentes desmontables, son en la niñez la prueba de una velocidad en miniatura sólo al alcance de los pequeños varones, a la cual sus hermanas acceden sólo ocasionalmente, a falta de otros contrincantes.

La relación entre mujeres y automóviles es compleja. Por ejemplo, si hacemos un repaso por las publicidades de autos más conocidas ¿cómo aparecen representadas las mujeres? Los avisos en parte reflejan el imaginario y lo construyen, y los estereotipos son varios:

Primero: la mujer como objeto de deseo a ser conquistado a través del automóvil. En ella, mujeres y varones aparecen cosificados, igualados a los autos. Ellos presuponen una mirada femenina basada en el “dime qué auto manejas y te diré quién eres” (o cuánto vale/s): el cliché de “seducción” mediada por la posesión de la cosa. Ellas, por su parte, rozan un capó sugerentemente, acarician un parabrisas, posan su mirada en un interior tapizado, pero sólo como “pose” para otra mirada externa: la del supuesto varón que desea a ambos –mujer y auto- por igual, y que, en una operación maniquea, reduce lo otro a lo mismo, para concluir que sí, que alcanza con tener un buen auto para ganar una buena mina (o una mina “que esté buena”). En esta representación, por demás explotada por la industria del espectáculo automotriz, las mujeres, en relación a los autos, dejan de ser sujetos para ser objetos. Se convierten en un adorno, un tuneo que, en el mejor de los casos, le suma a la mercancía-auto su carácter decorativo.

Segundo: la mujer que ya fue conquistada y ocupa su lugar a la derecha del conductor, baja el espejito, se arregla el maquillaje. La imagen, para los varones, presupone que el auto colaboró en el feliz desenlace, la ilusión de que “si podés tener ese auto, podés tener a esa chica” (sin que nadie haga preguntas incómodas por aquello del huevo y la gallina) y la fémina sonríe porque, como afirma el dicho, “detrás de todo gran auto –perdón- gran hombre, hay una gran mujer” (y nunca adelante o a la par, aunque esté al lado).

Tercero: la mujer esposa y madre de familia, riendo junto a los niños que juegan en el asiento de atrás con la ruta por delante y la promesa de vacaciones como horizonte. La postal de la familia tipo, con el papá al volante y eso de “vamos de paseo” y el sonido de una bocina feliz.

Cuarta: la mujer, exclusivamente, en su lugar de madre. Como chofer de sus hijos, sin padre a la vista.

Las cuatro representaciones comparten una característica: las publicidades no muestran a varones adultos siendo “manejados” por mujeres. En presencia de un hombre, en relación a los autos, el sentido común presupone a las mujeres como meras “acompañantes”. Claro que hay algunas pocas excepciones, en especial de avisos que retratan a la mujer más joven, recién salida de la adolescencia, a la que suponen soltera (seguramente más dirigidas a los progenitores con ganas de “comprarle un auto a la nena”) donde muestran chicas al volante junto a sus amigas, escuchando música, llegando a una fiesta. Pero si, además de la mujer en cuestión, hay un varón en el auto, es él quien seguramente vaya a manejar, es él quien va a “tener el control”. Las publicidades –al menos las vernáculas- siguen reforzando la idea de que las mujeres, como en el tango, más que nada tienen que “dejarse llevar”.

LA BELLA SIN VOLANTE

Está claro: una mujer bella en un auto no modifica las prestaciones del mismo. Su presencia o ausencia no cambia su capacidad de freno, la potencia del motor, la dirección o la suspensión. Sin embargo, los avisos –en especial los televisivos- han dejado de informar a sus clientes acerca de estos detalles. Como si la asociación mujer-auto bastara. Y, sobre todo, como si las mujeres no fueran también potenciales compradoras, como si no hubiera allí afuera, en las calles, rutas y autopistas, mujeres al volante. Como si ellas no compraran autos. Como si fueran un mero accesorio de los mismos.

Ya en el paroxismo, los clásicos almanaques “de gomería” desde hace décadas vienen haciendo de las mujeres un objeto de exhibición grotesco, rayano en lo ridículo. Tanto, que hasta el lenguaje viene dando cuenta del paralelo simbólico: las “gomas” de las mujeres de los calendarios “tuerca”, dan cuenta de que todo (incluso los cuerpos) puede ser inflado.

Las homologías son infinitas. Por ejemplo, las “curvas peligrosas”, esas que están señalizadas al borde de las rutas, también sirven para aludir a los contornos femeninos; cuerpos que, al igual que los caminos, parecerían haber sido creados para ser transitados exclusivamente por ellos: recorridos con potestad masculina. Difícilmente una mujer se refiera a las formas corporales de los varones como curvas que encierren algún riesgo (aunque las redondeces aguarden en todos los cuerpos) porque, sencillamente, se supone que ellas no van al volante.

Salvo excepciones, no hay una “apropiación” por parte de las mujeres del objeto-auto, al menos en los términos en los que los hombres la realizan. La relación mujer-auto sigue siendo mucho más funcional: un objeto que las transporta de un lugar a otro. Pero también es cierto que, del mismo modo en que muchos hombres se han apropiado de la moda –un lugar “naturalmente” perteneciente al universo femenino-, tarde o temprano la mujer también podría encontrar en el auto un objeto de poder a su servicio.

Mientras tanto, se sigue aludiendo a las mujeres como “despistadas”, literalmente, fuera del camino, como si un volantazo apurado las hubiera dejado ancladas a la banquina.

Será cuestión entonces de buscar mejores pistas.

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