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Miércoles 10 de septiembre de 2014
Renato Tarditti
Piccolo el auto, grande la diversión

Fiat 500 Abarth

Fotos: Charlie Mainardi
fiat 500 abarth min

Un karting a la italiana para andar como perro con dos colas.

Al igual que su ilustre antecesor, el nuevo 500 pertenece a esa particular raza de autos que inmediatamente nos pega una sonrisa en el rostro. Presentado en 2007, en apenas cinco años no solo levantó las ventas de una FIAT desfalleciente, sino que se convirtió de manera automática en un nuevo clásico. Por eso no necesita demasiada presentación.

Lo que nos ocupa aquí es la versión más picante de la gama, que lleva el ilustre apellido Abarth. Para quienes no lo saben, Abarth fue una pequeña empresa italiana que por los años cincuenta producía autos deportivos de forma artesanal, pero que pasó a la fama por sus extraordinarios escapes de competición. En la década de 1970, FIAT compró la empresa y la convirtió en su sello deportivo, de un modo parecido a lo que Mercedes hace en la actualidad con AMG.

El tema es que gracias al escudo del escorpión –que históricamente identifica a Abarth–, al simpático 500 que todos conocemos le fueron concedidos un motor de 134 CV (para un peso de apenas 1.000 kg), suspensiones mucho más deportivas, un kit de elementos estéticos racing y, por supuesto, unos escapes dobles cromados que harían la envidia de varios autos deportivos de alta gama.

Con el paquete Abarth, todo lo pequeñito, simpático, encantador, nostálgico y cool del Cinquecento se combina con la sensación de andar en karting carrozado. Una relación peso-potencia notable, un radio de giro mínimo y un temperamento nervioso y excitado –sobre todo apretando la tecla “sport”– hacen del 500 un pequeño demonio en las calles de la ciudad. Por dentro, todo ayuda a sentirse con ganas de andar alegre por la vida: la onda retro, las terminaciones deportivas, el volante pequeño y grueso, el celestial sonido del escape… Ni siquiera importan esas típicas manqueadas de FIAT en la calidad de algunos materiales, o que en la parte de atrás solo entren cómodos un par de hobbits, o que en el baúl no entren los palos de golf (?). Lo que sí importa es que el resultado de la ecuación es un factor de diversión inversamente proporcional al tamaño del auto.

Para todos los que quieran divertirse manejando por un precio módico (digamos), sepan que andar en este auto es lo más parecido a sentirse por un rato un perro –un perrito– con dos colas.

El ilustre antecesor: Fiat 500 (1957)

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