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Lunes 14 de mayo de 2012
Agustín Aguirre

Los 10 tipos de taxistas

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¿Cómo describir a estos fugaces personajes de la vida cotidiana? Diez respuestas desde una necesaria mirada humorística.

El que quería ser colectivero: Este humano desprovisto de sus facultades mentales atiborra el auto con todo tipo de chirimbolo aterciopelado, se niega a prescindir del perro que sacude la cabeza y cuelga del espejo retrovisor cantidades groseras de rosarios plásticos. Para completar la barroca decoración del espantomóvil, ubica fotos de su insoportable descendencia en los rincones más insólitos del vehículo, sometiendo a los pasajeros a la desagradable tortura de tener que tolerar las miradas de niños horribles desde todos los ángulos, escuchar anécdotas familiares pedorras y tener que fingir interés en las mismas.

El pollo de Rockefeller: Un clásico de la fauna tacheril, éste mentiroso gusta de recordar con nostalgia su pasado como próspero dueño de una fábrica de zapatos, brillante gerente de una empresa o hábil inversor en la bolsa de valores de Tokio. Jamás aclara cuáles fueron los motivos que lo llevaron a la ruina más extrema y vergonzosa, pero se esfuerza en aclarar que la culpa fue del gobierno, de un socio garca o de un empleado que se equivoco. Si fuese por él, estaría nadando en dólares como el Tío Rico o tomado margaritas con Yabrán en las Islas Caimán.

El que se cree Rolando Rivas: Este cupido no maneja un taxi: gestiona una empresa de citas. Experto mirador de culos y emisor de bocinazos y guarangadas varias, ni bien sube una pasajera acomoda sin pudor el espejo retrovisor para tener una mejor perspectiva de las piernas o el escote de la misma. En franco plan de levante patético entona la voz cual galán de telenovela berreta y apela a los recursos más viles con tal de llevar a cabo su oscura misión: conseguir el número de teléfono de la pobre mujer.

El tanguero melancólico: El tanguero maneja a dos por hora una catramina destartalada e insegura que huele a viejo. Nunca tiene menos de 75 años y porta cara de depresión crónica, congruente con los acordes tristísimos que emanan con una calidad de sonido espantosa del pasacasettes rotoso de su infernal vehículo. Lo único bueno de este dinosaurio es que raramente busca establecer diálogo, tan ensimismado está en sus lastimosos pensamientos.

El de que “con los milicos estábamos mejor”: Huelga decir que el dial de este personaje fascistoide está clavado inamoviblemente en Radio 10 y que su actividad favorita es despotricar contra todo y contra todos. Opinólogo enardecido como pocos, no deja títere con cabeza a la hora de tirar mierda y taladrarle el cerebro al despistado pasajero, que no se percató de la bandera nacional que flamea con orgullo en la ventana derecha del vehículo. Retrucar es inútil y desgastante: al de los milicos, como a los locos, siempre hay que darle larazón.

El indeciso preguntón: La mayoría de la gente se toma un taxi confiada en que el chofer sabrá llevarla a destino con rapidez y pericia, en vistas a que precisamente en eso consiste su trabajo. El indeciso en cambio atormenta al pasajero con preguntas insufribles del tipo “¿por Córdoba o por el bajo?”; “¿Por el túnel o por elpuente?”, “¿Es mano o contramano?”. Si uno simplifica contestando “por el camino más rápido” o “por donde le parezca” se verá expuesto a un interminable discurso sobre el tráfico porteño, lo mal que manejan las mujeres o lo desconsiderados que son los colectiveros.

El meteorólogo profesional: Este charlatán certificado le da un significado nuevo y personalizado al concepto de “charla sobre el clima”. No le alcanza con comentar el frío, la humedad o la nieve del 9 de Julio, no señor. El tipo es capaz de mantener un monólogo largo como viaje a Ezeiza ida y vuelta sobre las inclemencias meteorológicas, la corriente del niño o la tormenta de Santa Rosa. Extiende pronósticos para los próximos 15 fines de semana y agobia al pasaje con insólitas teorías sobre el cambio climático y las probabilidades de que caiga granizo en capital y le abolle otra vez el auto.

El futbolero empedernido: A esta calaña de ser humano le resulta completamente indiferente que en el asiento de atrás viajen un hincha de Boca o de River, un par de abuelitas sordas o un turista japonés. Él tiene que hablar de fútbol a toda costa, comentar los resultados de los partidos del domingo y echarle la culpa de todo al árbitro o al DT. Su momento más glorioso es el Mundial, época en la cual aprovecha para sintonizar a un volumen desquiciado los encuentros más intrascendentes y vociferar a los gritos pelados su indignación por cualquier cosa.

El de la juventud perdida: A simple vista es casi imposible calcular con exactitud la edad de este pelilargo inmaduro, pero a juzgar por su aspecto de rockero devaluado y sus delirios de eterno adolescente cualquiera diría que se encuentra en la cresta de la ola de la crisis de los 30. No escucha otra cosa que no seala Rock & Pop y, sobre todo si el pasajero es joven, se sale de la vaina por hacerse el canchero y el piola. Las variaciones de esta escuela incluyen a la versión “hits latinos”, cuyo sueño es termina rconvirtiéndose en el protagonista de una canción de Arjona. Si el pasajero es de sexo femenino, aparte, hay grandes posibilidades de que en mitad del viaje mute e intente la gran “Rolando Rivas”.

El filósofo que maneja: El taxi no es para éste delirante un vehículo de transporte sino uno de sabiduría milenaria. Sufre de un trastorno esquizoide que lo lleva a creerse psicólogo, astrólogo, filósofo y Dalai Lama al mismo tiempo, y tortura sin tregua a los indefensos pasajeros, que tienen que someterse a escuchar sus valiosos consejos y directivas de vida como si de verdades reveladas se tratasen. Siempre aprovecha para mechar anécdotas sobre su vida exitosa y su envidiable paz mental, y no para hasta que uno le cuente alguna historia escabrosa o deprimente, todo con el fin de inflarse el pecho y “tirar la posta”.

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