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Jueves 20 de febrero de 2014
Agustín Aguirre
Hardcore

¿¿Machista yo??

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Ilustraciones: Paio Zuloaga

 

En todo grupo humano, existen ideas o imágenes aceptadas comúnmente, de carácter inmutable, que definen de algún modo una visión del mundo. A eso se le llama estereotipo. A veces, se basan en observaciones precisas, con fundamentos casi científicos. En otras oportunidades, no hacen más que dar cuenta de la más boluda condición humana…

Con prejuicios, autocríticas y un poco de sal y pimienta, nos proponemos aquí ver cuáles son las diez típicas situaciones que ponen a prueba al “enano machista” que todos llevamos dentro.

1. Ella y la 4 x 4

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Los hombres tenemos un problema con los tamaños, no es ninguna novedad. Será por eso que cada vez que vemos a una mujer manejando arriba de una 4 x 4 tipo tanqueta nos volvemos pelotudamente locos. Sin que nadie nos pregunte nada, necesitamos explicarnos esa posesión con cualquier argumento que excluya la posibilidad de que ella pueda comprarla solita, porque tiene un buen pasar (o ganas de pasarnos por arriba). Si conduce entonces una 4 x 4, obviamente se la regaló el marido que la engaña; y además, por supuesto, no sabe estacionarla. Luego de llegar a esa incuestionable conclusión, nuestro “ego” se siente mucho más tranquilo…

2. Cuando nos equivocamos

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Por suerte, no somos perfectos y también cometemos errores cuando manejamos (aunque muy pocos, claro). Nuestra caballerosidad, educación y refinada corrección inglesa nos permite entender que ante cualquier riesgo de chocar a otro vehículo, por una mínima distracción de nuestra sofisticada inteligencia (por ejemplo, el precioso trasero de una jovencita), inmediatamente debemos pedir disculpas. En el peor de los casos, nos veremos involucrados en un simpático intercambio de improperios en respuesta a alguna recriminación ocasional. Ahora bien, si quien nos reprende es una mujer, la percepción de nuestro error cambia con absoluto dramatismo: las disculpas se transforman en escatológico insulto (es decir, un adjetivo acompañado por “de mierda”) y nuestra elegancia se convierte en el bananero comportamiento de un orangután. Aparece entonces el inoxidable “andá a lavar los platos” que nos exime de toda culpa: ¿cómo podríamos habernos equivocado nosotros si ella estaba en un lugar incorrecto (o sea: ¡fuera de la cocina!)?

3. El auto de “mina”

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Como en toda sociedad, la generalización es imprescindible, por eso nos gusta mucho definir para qué sirve cada auto. Tenemos autos “de levante”, “de familia”, “de pareja sin hijos”, “de joda”, “de lujo” (también hay algunos que sirven solo como chatarra…). Y además existen claramente los “autos de mina”, nadie puede negarlo. Una vez que es categorizado de esa manera, el modelo en cuestión cae en una suerte de “lista negra” que será utilizada para denigrar a cualquier persona de nuestro género que lo maneje, poniendo incluso en duda sus preferencias sexuales. Porque si un auto es “para minas”, nunca podrá ser digno de nuestros masculinos favores.

4. La bocina selectiva

Hay muchos hombres fanáticos de la bocina. Sin embargo, este grupo de ilustres entusiastas se divide en dos según el grado de valentía ante situaciones adversas al volante. Por un lado, existe el personaje desatado que anda bocinando a todo el mundo como si el resto de los mortales pudieran comprender los matices de sus puteadas según la intensidad del cornetazo. Y por el otro, está el sujeto selectivo que solo usa su estridencia cuando ve que el vehículo que le molesta es conducido por alguien de larga y blonda cabellera. Es en ese momento cuando su cobarde –por no decir cagona– bocina aparece y se implanta en el aire por largos segundos para castigar a quien (supone) no puede hacerle frente.

5. ¿Apurada?

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El hombre disfruta de manejar, sintonizar su radio y moverse como un pez en el agua por una ruta. Cuando nos deslizamos como seda a una velocidad moderada, nada puede alterar nuestro humor. Si otro conductor está apurado y nos hace luces, le cedemos cordialmente el paso y nos lamentamos por su apuro. Ahora bien, si ese conductor llega a ser una mujer, todo cambia. “¿A dónde vas tan apurada, mamita? Tranquila que vas a llegar más rápido, eh”, es lo que pensamos en voz alta. De inmediato, nos volvemos más difíciles de pasar que Schumacher en Montecarlo con una vuelta perdida.

5 (bis). La mujer más veloz

Pero nada hiere más nuestro enorme y frágil ego que una insolente y osada damisela con la capacidad de superarnos, y peor aún si ejecuta una maniobra que denota cierta pericia en el manejo. La única alternativa posible es entablar una persecución a lo Flaco Traverso, cuyo principal objetivo es pasar primero que ella por algún lugar imaginario que determinamos como meta, balbuceando entre dientes alguna frase memorable del sosegado Flaco. Y no hay nada más tranquilizador que el encargado de la cabina de peaje, con su mejor cara de goma, “bajándonos la bandera a cuadros” y restableciendo ipso facto el orden natural de todas las cosas.

6. La taxista

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Los hombres estamos acostumbrados a subirnos a un taxi, indicar hacia dónde vamos y evitar que el tachero nos hable: simple, cuadrado y efectivo. Sin embargo, desde que las mujeres son taxistas, nos vemos poseídos por una retorcida desconfianza y nos convertimos en los más zopencos charlatanes que jamás quisimos ser. No podemos concebir que una mujer sepa mejor que nosotros cómo llegar y cómo manejar en la jungla automovilística. Le damos todo tipo de indicaciones, la tratamos como si fuera subnormal y la torturamos señalándole cuándo tiene que girar, dónde tiene que detenerse, cuántos autos vienen por su derecha (y cuántos kilómetros tiene la avenida de nuestra elemental boludez).

7. Horario escolar

Cuando pasamos por la puerta de un colegio a la mañana, al mediodía o a la tarde, es lo mismo que ir detrás de un camión de basura en una calle angosta: avanzamos a velocidad de hormiga. Los autos están detenidos en doble fila y todas las madres conductoras están paraditas fuera de ellos –con la puerta abierta, por supuesto– esperando nerviosas que sus hijos salgan del colegio. Sin embargo, la verdad es que nosotros dejamos el auto en doble fila en situaciones mucho más urgentes y trascendentes: ir a un cajero a sacar cincuenta mangos, comprar cigarrillos o profilácticos en un quiosco, adquirir las entradas de cine para la última de Star Wars en 3D, etc. Pero si estas pobres madres tienen que retirar a sus hijos del colegio, simplemente entendemos que “están al pedo”.

8. Auto lleno es fiesta

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Los hombres tenemos una extraordinaria capacidad de síntesis para reflexionar, cavilar, meditar, especular. Naturalmente dedicamos un altísimo porcentaje de nuestros pensamientos ociosos –y no ociosos– al sexo. Si vemos un auto con cuatro tipos dentro, se trata con certeza de compañeros de laburo yendo a trabajar; es equipo de fútbol yendo a un partidito o, en el peor de los casos, son una banda de delincuentes que se dirige a afanar un banco. Pero todo cambia cuando vemos a cuatro mujeres transitando en un vehículo. De manera automática, nos volvemos locos por saber qué están haciendo, adónde van y de dónde vienen. Y sin duda, la única alternativa es que sean cuatro “locas” que seguro quieren “guerra” y vienen de una “fiesta” o van a una “partuza” a la que por alguna razón nos creemos lujuriosamente invitados.

9. El viaje

Un fin de semana largo y una escapada con dos parejas amigas parece un plan ideal para relajarse del estrés de la ciudad. Los bolsos están listos y todos los viajantes se reúnen en una caravana de tres autos completos. ¿Nunca les llamó la atención cómo hacemos arreglos y oscuras negociaciones para que las mujeres no manejen? Todos los turnos de manejo quedan destinados a los hombres, ¿qué otra alternativa cabe? Si una mujer maneja “en ruta”, es imposible relajarnos y dormirnos un buen rato. Porque como todo el mundo sabe, “en ruta no es lo mismo”.

10. Multitareas

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No hace falta mencionar que los hombres todo lo podemos. Mientras manejamos, somos capaces de escuchar música, hablar por celular, hacer negocios, comer un pebete de salame y queso o debatir con quien viaja en el asiento trasero, mirándolo por el espejito, sobre el desempeño vergonzoso de un árbitro. Sin embargo, nos molesta sobremanera cuando una mujer, además de conducir el auto, hace alguna otra cosilla. Tememos ser víctimas de un accidente cuyo roscazo nos deje la cara como un revuelto gramajo. Es obvio que las féminas, según nuestras más básicas consideraciones, son incapaces de manejar y llevar adelante alguna otra actividad. Pero no es extraño verlas al volante mientras se maquillan sin arrancarse un ojo, comer galletas de arroz hasta reventar, llevar a sus bebés sobre el regazo o chusmear la remerita recién comprada para salir el sábado…

Hombres, mujeres y vehículos: un cóctel explosivo que remarca diferencias y confirma similitudes. Pero además, pone a prueba cuánto tenemos los varones de sesudos progresistas y cuánto de cavernícolas atemporales. Lo único cierto es que todo es relativo –valga la paradoja–, porque el estereotipo de mujer al volante que cada machista lleva en su fuero interno a veces nos pega una cachetada, y otras, confirma nuestras sospechas…

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